martes, 22 de noviembre de 2011

NO HAY HÉROES EN EL FIN DEL MUNDO



Esta vez no va a engañarnos Roland Emmerich o el sustituto de turno, afirmando que cuando llegue el fin del mundo saldrán héroes improvisados hasta debajo de las piedras. Cuando a la Tierra le llegue su hora será un momento melancólico, abrumador y hermosísimo, tal y como debe ser. Lars Von Trier ha hablado.

Pero Melancolía es mucho más que eso. Un prólogo cargado de lirismo, casi onírico, y a ritmo de Tristán e Isolda de Wagner (melodía omnipresente en toda la cinta) nos anticipa que el nombre del planeta que va a destruir nuestro mundo (y ya vemos en estas imágenes que lo hará, aquí no hay sorpresas ni falsas esperanzas) no es aleatorio. La melancolía como sentimiento, y por ende, Justine (una Kirsten Dunst soberbia en su papel) es la verdadera protagonista de la cinta. Porque al fin y al cabo, la destrucción de la Tierra no es sino la materialización de los deseos de Justine de acabar con un mundo tan cruel, con ella y con todos, que no merece existir.

Estructurada en dos partes que llevan el mismo nombre que las hermanas protagonistas, Justine y Claire (Charlotte Gainsbourg demuestra de nuevo que es una grandísima actriz), cada mitad de la película ahonda en los terrores de una de ellas. Así, la primera parte, Justine, refleja el miedo de tener que formar parte de una farsa permanente, ocultando el verdadero ser (mientras que en esta parte, el gigantesco planeta se oculta, igual que Justine, tras el sol). La segunda parte, Claire, girará en torno al miedo, más racional (o no) a la destrucción y a no haber hecho las cosas todo lo bien que cabría esperar.

Y en medio del caos familiar, del fracaso de las relaciones personales, del inminente fin del mundo (y con él, según Justine, el fin de la vida en el universo, “estamos solos”), un niño. El hijo de Claire, cuya figura es de vital importancia. Pues es él el único con el que Justine parece poder tener una relación sincera, y es él quien fabrica el artilugio que permitirá demostrar que el planeta se acerca.
Lars Von Trier, que demuestra en esta cinta haber madurado como cineasta, se sirve de esta visión infantil para ofrecernos el fin del mundo más impactante que ha dado el cine. Aquí no hay héroes, ni villanos, ni huidas. Desde una “cueva mágica”, que la melancólica Justine construye con palos para su sobrino, contemplaremos acercarse el planeta hasta arrasarlo todo. Fundido a negro, no hay epílogo pues no tendría cabida.
El perfecto desenlace para un mundo cruel al que no se le dará la opción de redimirse. Bello, aterrador, y despiadado: como la existencia en la Tierra.
Que jubilen a Roland Emmerich del cargo de embajador del fin del mundo. Si tiene que llegar, que sea a lo Von Trier.