Puede que esté basada en la serie de cómics manhwa (manga coreano) Priest, pero mientras la veía no me quitaba de la cabeza a Ethan Edwards (John Wayne) y a su fiel acompañante Martin Pawley en su cruzada por rescatar a su sobrina de los indios. Y es que El Sicario de Dios bebe (y en grandes cantidades) del clásico de John Ford Centauros del Desierto, convirtiéndose en un Western vampírico post-apocalíptico, una interesante pieza de ciencia ficción.
La trama se desarrolla en un tiempo indeterminado en el que la eterna lucha entre hombres y vampiros (que aquí se alejan del mito habitual y se presentan como sádicos animales de estética alienígena) ha dado como resultado el confinamiento (preventivo) de la raza humana en ciudades amuralladas con ecos de Blade Runner y Metrópolis de Fritz Lang, donde son controlados por un gran hermano que no es otro que la Iglesia (da un poco de grima su lema: “Ir contra la Iglesia es ir contra Dios”). Precisamente la Iglesia dirige todo un ejército de letales monjes cazavampiros ya inactivos. Cuando la sobrina de uno de ellos (Paul Bettany) es secuestrada por estas criaturas, éste tendrá que renegar de la autoridad y emprender su propia cruzada para salvarla.
Y con este planteamiento tenemos una de las películas de vampiros más interesantes de los últimos años. Con un protagonista infinitamente más carismático que el Van Helsing de Hugh Jackman y más humanizado (pero igual de letal) que Blade (en serio, ¿desde cuándo no se hacía una película de cazavampiros decente?), al frente de toda una orden de “Jedis” con crucifijos tatuados en la cara.
Personalmente me encanta Paul Bettany en este tipo de papel, de hombre de fe cargado de remordimientos que se toma la justicia por su mano, pero es cierto que empieza a correr serio peligro de encasillamiento tras El Código Da Vinci, Legión (su primera colaboración con Scott Charles Stewart, que también dirige esta película) y la cinta que ahora nos ocupa.
Seguramente El Sicario de Dios será criticada, ya que la mayoría de las películas de las que bebe, desde Centauros del Desierto hasta Matrix son ya clásicos. Sin embargo, el gran acierto de Scott Charles Stewart, a parte de saber integrar perfectamente estas influencias en su película (en vez de ir parcheando la cinta con referencias encajadas a presión aquí y allá), ha sido hacer un film sin pretensiones, donde la calidad del entretenimiento prima sobre el ansia de trascender, por lo que no me parece en absoluto reprochable.
El Sicario de Dios no llegará, seguramente, a considerarse un clásico de ciencia-ficción pero sí es una buena opción a tener en cuenta si te gustan el western, los cazavampiros o las distopías futurísticas y religiosas.
Sólo queda preguntarse, ¿habrá secuelas? Porque me encantaría volver a ver volar crucifijos a modo de estrellas Ninja.

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