sábado, 14 de enero de 2012

ADRENALINA, ASFALTO Y HÉROES POSTMODERNOS



I’m giving you a nightcall to tell you how I feel. I want to drive you through the night, down the hills…

He visto pocas películas de culto instantáneo, ninguna recientemente, hasta la aparición de este conductor sin nombre encarnado por Ryan Gosling a ritmo de Kavinsky y Lovefoxxx (digno de mencionar el apropiadísimo tema central de la banda sonora, Nightcall, que recorre toda la cinta).
Y es que Drive, del danés Nicolas Winding Refn, es el soplo de aire fresco (por decir algo, porque la tensión que provoca la película puede cortarse con cuchillo desde el minuto uno) que le hacía falta a un año de cine en general bastante mediocre. Claro que, si esta es la recompensa por un año como este, empecemos a rezar por la mediocridad del 2012.

Brutal. No hay adjetivos técnicos, ni más florituras, para una historia que carece de ellas. La historia, con ecos de los 80 desde los títulos de crédito, de un rey del asfalto, parco en palabras y eficaz en acciones. Ryan Gosling borda un papel de los que ya no quedan, el último héroe romántico, a caballo entre un escorpión (“¿conoces la fábula del escorpión y la rana?”) y un hombre lobo, capaz de las mayores atrocidades por la causa que considera justa. Gosling y Winding Refn nos regalan un icono postmoderno al que volveremos la vista muchas veces en el futuro.

Pero en el fondo Drive es un cuento de hadas contemporáneo, un poco macabro, como solían ser los cuentos antes de que Disney metiera la mano. Aquí la Bestia encuentra a su Bella y para protegerla, a golpe de gasolina, pólvora y martillo (genial la escena de la bala y el martillo, por cierto) se va cargando a  los malos malísimos del cuento para llegar a un final épico de los que ya hay pocos.
Igual soy muy retorcida, pero más romántico imposible.

Un reparto soberbio a la altura de la mejor película que he visto en mucho tiempo y para la que no hay palabras. Drive hay que verla, porque cuando sales de la sala con las piernas temblando por la adrenalina te das cuenta de que la magia del cine sigue intacta si los magos están a la altura. Y lo están.



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