Si algo tienen en común (en cuanto a las valoraciones recibidas) las seis anteriores entregas de Harry Potter es que todas (excepto la primera) eran “la película más oscura de la saga”. Pues bien, por redundante y poco original que suene, esta sí que es la más oscura.
Nos acercamos al final de la saga y al niño mago le queda muy poco de niño. A estas alturas ya hemos abandonado toda esperanza de un final feliz y David Yates ha sabido imprimir esta oscuridad (que era aun más intensa en el libro) a la cinta.
Hizo falta que el director británico se pusiera al timón de las películas (dirigió Harry Potter y la Orden del Fénix, Harry Potter y el Misterio del Príncipe y esta Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, que nos llega en dos partes) para que esta saga adquiriera cierta identidad cinematográfica.
Podemos apreciar (y se intensifica en ésta) una fotografía más oscura, una atmósfera más inquietante… Si bien en Harry Potter y la Piedra Filosofal el momento cumbre era ese Harry de once años (un pequeño y casi desconocido Daniel Radcliffe, que poco a poco se ha ido convirtiendo en actor) atrapando su primera snitch a bordo de su Nimbus 2000; en esta entrega es ese tristísimo baile entre Harry y Hermione al son de Nick Cave. Obviamente algo ha cambiado y es gracias a Yates.
Los fans pueden (podemos) dormir tranquilos: la adaptación del final, del que nos queda por ver la apoteosis, va bien encaminada. No puedo dejar de mencionar esa segunda secuencia del film en el que Voldemort y sus secuaces debaten tranquilamente en la mesa mientras sobre sus cabezas levita el cuerpo de la profesora Charity Burbage: terriblemente fiel al libro.
Una pega: habrá que esperar demasiado para ver el final. Las batallas no se libran en un día…

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