Poco queda que decir sobre las aventuras del niño-ya no tan niño-mago que no se haya dicho ya. La crítica a la primera parte de esta Harry Potter y las Reliquias de la Muerte se ajusta también a la segunda (son al fin y al cabo la misma película dividida en dos), salvo que esta última es sin duda la más triste: triste por lo dramático de la acción, por los personajes que no sobrevivirán al épico final de la saga, pero sobre todo triste porque es eso mismo, el final de la saga.
David Yates, el director que más ha sabido empatizar con la historia, pone el broche de oro a una franquicia que dio sus primeros pasos en la gran pantalla hace diez años (14 años hace ya de la publicación del primer libro). A lo largo de una década hemos visto desfilar por los pasillos de Hogwarts a los mejores actores británicos (Maggie Smith, Gary Oldman, Emma Thompson, Alan Rickman…), y hemos visto florecer a jóvenes talentos de los cuales, hay que decirlo, algunos han resultado mejores que otros (yo no he llegado a ver una gran progresión en Daniel Radcliffe).
Aún así, aun siendo la saga literaria y cinematográfica más rentable hasta la fecha, aunque todas las películas hayan mantenido el listón y aunque los fans nunca se hayan visto decepcionados, la Academia ha ninguneado todas sus entregas. Y yo me pregunto, si Marisa Tomei tiene un Oscar (y mejor no hablo de Penélope Cruz), ¿por qué no dar un pequeño reconocimiento a aquellos que nos han ayudado a mantener nuestro espíritu infantil intacto durante todos estos años a base de conjuros?
Y es que lo peor o lo mejor de esta película, según se mire, es que nos obliga a madurar. Aquellos que hemos crecido con los libros de Harry Potter bajo el brazo, acudiendo al estreno de cada película, aplaudiendo los partidos de Quidditch y llorando la pérdida de nuestros personajes favoritos encontramos en esta entrega el momento de crecer. La destrucción de Hogwarts funciona, más allá de la historia, como una metáfora de la madurez de sus fans, que buscábamos refugio en los pasillos del castillo para poder seguir sintiéndonos niños.
La historia termina casi donde empezó, esperando un tren en el andén 9 y ¾ de Kings Cross, con la misma sintonía que cerraba las primeras entregas (hay que reconocer que es un bonito detalle para los seguidores). Un flashforward nos revela aquí que la vida sigue para todos, y qué, ¿quién sabe? Puede que algún día, dentro de mucho tiempo, volvamos a encontrarnos esperando el Expreso de Hogwarts con generaciones venideras (eso sí, nosotros desde el sofá de casa, una pena).
La fantasía termina aquí y afortunadamente ha estado a la altura, ya podemos enfundar las varitas. Creo que para pasar el disgusto voy a comprarme unas Grageas de Bertie Bott de todos los sabores…

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