Dicen que sabes que te ha gustado La Piel que Habito cuando intentas justificar por todos los medios al doctor Ledgard. Pues a mi debe haberme gustado mucho porque donde otros seguramente vean a un ser perverso y macabro yo veo a un singular justiciero que hace lo correcto según su propio sistema de valores. Psicópata, sí, pero justiciero al fin y al cabo.
Almodóvar se sale de su registro habitual y escoge el thriller (al menos en apariencia) para hablarnos de eso mismo, de la apariencia, de las máscaras, de personas que no son lo que parecen y quieren parecer lo que no son. Quieren, o les obligan a querer, porque La Piel que Habito no es sino un interesante estudio sobre las obsesiones y cómo pueden empujar a una persona como Robert Ledgard a transgredir la línea ente lo humano y lo divino ¿con éxito?
En este sentido recuerda (aunque en una versión mucho más perversa) a Vértigo, de Hitchcock, a esa espiral de demencia que se produce al perder al ser amado y que parece que lo justifica todo.
El director manchego recupera a uno de sus actores fetiche de los 80, Antonio Banderas, cuya interpretación es tan sobria y estilizada como la propia película. Porque eso sí, el director del exceso se contiene aquí al servicio de lo inquietante. A pesar de su pasión por el rojo (que sigue vigente) huye por completo del gore y lo visceral, nada que ver con el famoso transplante de cara de Los Ojos sin Rostro de Georges Franju, cuya influencia está muy presente en esta película.
De lo que sí hay sobredosis en esta película es de arte. Desde planos bellísimos de Elena Anaya (estupenda en su papel, por cierto) emulando a las Venus y contemplada a través de una pantalla como quien contempla una obra de arte, hasta los cuadros que decoran El Cigarral (esta peculiar mansión de lo bello y lo siniestro a partes iguales). Y es que Almodóvar ha sabido elegir muy bien las referencias artísticas que introducir en la película, y así vemos los cuadros de Guillermo Pérez Villalta, repletos de figuras al más puro estilo clásico pero eso sí, todas sin rostro, enfatizando este baile de máscaras que es La Piel que Habito. O las obras de arte que realiza Vera para ver pasar los días y que la acompañan en su cautiverio, todas hechas de retales, como ella, y con mucha similitud a la obra de la escultora Louise Bourgeois. Y como estas muchas otras que merece la pena descubrir.
Un tipo culto, Almodóvar.
La única pega que le veo a esta película es que a veces es imposible tomarse en serio una historia tan rocambolesca. Por suerte, sólo los grandes directores como éste son capaces de bailar con éxito sobre esa fina línea entre lo dramático y lo paródico, lo efectivo y lo efectista, lo abrumador y lo hueco, y dar a luz una pieza exquisita y demencial al mismo tiempo. Merece la pena ver el resultado, y mucho.

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